La liga del mal
Recuerdo con toda claridad que era un atardecer lluvioso después de mi jornada laboral; me encontraba como de costumbre, caminando con Nala (mi perrita) muy cerca de la casa. El zumbido de un número desconocido rompió la monotonía de la tarde; opté por ignorarlo y seguir mi trayecto. Sin embargo, minutos después volvieron a llamar. Intrigado, decidí responder. Para mi sorpresa, era la Liga del Bien, solicitaban mi ayuda para frustrar los siniestros planes de la Liga del Mal.
De acuerdo a lo que me comentaban, la Liga del Mal se disponía a detonar una bomba en la sede de las Naciones Unidas y necesitaban de mi ayuda para detenerlos. Acepté el reto, y fui reclutado en su equipo de operaciones e inteligencia. Mi tarea consistía en desarrollar tecnología para descifrar sus comunicaciones, interceptar sus envíos y localizar sus escondites.
Después de un tiempo, la misión nos condujo a una bodega aparentemente abandonada. Dentro, un laberinto de puertas custodiadas por explosivos. Un paso en falso y todo saltaría por los aires. No obstante, con el uso de la tecnología que había desarrollado, conseguimos descifrar el código de las puertas a abrir, esquivando trampas de láser que, de ser interrumpidas, alertarían a toda la Liga del Mal.
Finalmente, llegamos a una habitación enorme. En su centro, un cubo de un metro por un metro, desde el momento que lo vi pensé que era la bomba maestra. Con cautela logramos desactivarla y escapar sin ser detectados. Esa noche, nos permitimos el lujo de celebrar nuestro éxito con una cena y bebidas extravagantes, a fin de cuentas, había sido un buen día para la Liga del Bien.
Pocos días después, la sede de las Naciones Unidas recibió un misterioso paquete. El verdadero plan de la Liga del Mal se reveló, la bomba que habíamos desactivado no era más que un señuelo. La auténtica bomba hipersónica estaba activa y su cuenta regresiva era imposible de detener. Sin pensarlo dos veces, la subimos a mi Cirrus Vision Jet y nos dirigimos rumbo al Pacífico.
El dilema era complicado, detonar la bomba en el Pacífico podía desatar una catástrofe global, así que, sin ninguna otra alternativa, optamos por llevarla al espacio, pese a los bajos niveles de oxígeno en el jet y las condiciones adversas que estábamos por enfrentar, con determinación, ascendimos hasta la órbita.
Estando en orbita, podíamos ver la Tierra en su esplendor, lo más hermoso que había visto en mucho tiempo, por un momento todo fue tranquilo, vislumbrado por la majestuosidad de nuestro planeta, sin embargo, a la distancia, un sonido suave pero constante, como un metrónomo que no pierde su tiempo, tic, tac, tic, tac, era el reloj en cuenta regresiva que detonaría la bomba, así que, poco a poco recordé la misión en la que nos encontrábamos y determinado, abrí la puerta del jet y lanzamos la bomba al vasto vacío cósmico.
El alivio fue momentáneo. Las reservas de oxígeno estaban en nivel crítico y el jet no respondía. A contrarreloj, logré restablecer controles básicos para regresar a casa. Mientras realizaba las reparaciones, un destello lejano llamó mi atención. La bomba detonó, liberando una potencia inimaginable. Sabía que, si no lográbamos alejarnos rápidamente, seríamos aniquilados por la onda expansiva de la explosión. Por fortuna, la nave respondió y ayudada por la propia onda expansiva, nos catapultó en dirección a la Tierra.
El reingreso a la Tierra fue intenso. El jet comenzó a desintegrarse, las luces de alerta parpadeaban frenéticamente y el ruido de las alarmas llenaba la cabina. Solo podíamos confiar en el resistente fuselaje de fibra de carbono y aluminio aeronáutico.
Sin instrumentos de navegación y volando a máxima velocidad, vislumbramos tierra a lo lejos. No sabíamos si sería suficiente para aterrizar, pero era nuestra única opción. Respiré hondo y decidí aterrizar de emergencia. El jet chocó violentamente contra el suelo, se deslizó por la tierra, arrancando árboles a su paso, hasta detenerse. Hubo un momento de silencio, nadie hablaba, sin embargo sabíamos que habíamos sobrevivido.
Al salir de lo que quedaba del jet, nos encontramos en un entorno desconocido, repleto de vegetación y animales nunca antes vistos. ¿Cómo era posible? Estábamos seguros de que habíamos vuelto a la Tierra. A lo lejos, una figura avanzaba hacia nosotros, su apariencia era conocida pero extraña al mismo tiempo, de estatura doble a un humano, piel blanca como la nieve, sin cabello y con ojos completamente negros.
Este ser viviente humanoide nos informó de que habíamos aterrizado en un continente aún no descubierto por los humanos, lejos de las columnas de hielo. Intrigados y asustados, nos llevó ante su líder. Lo que ocurrió después resultó ser lo más confuso de toda la situación, el líder no era otro más que el jefe de la Liga del Mal, que había orquestado todo el plan para llevarnos a ese lugar y obligarnos a convertirnos en los primeros colonos de su nueva utopía malvada. Nos habíamos convertido, a nuestro pesar, en los héroes que el villano siempre quiso tener en su lado.