Una misteriosa luz
Vivía en la torre más alta de la ciudad, tan alta que se requería un elevador especial para llegar a mi departamento. ¿Quién lo diría? Vivir en un lugar tan elevado y tener tanto miedo a las alturas, era como una cruel ironía. Sentir temor al mirar por la ventana mientras estaba en casa era aterrador.
Tomé mi café y me dirigí hacia el elevador. Era momento de ir a trabajar. Al llegar a la oficina, me encontré con Elon Musk, quien me pidió redactar algunos contratos y encargarme de las características de seguridad de la última versión del FSD de Tesla. Sabía que era una tarea difícil pero no imposible, así que me puse a trabajar. Pasaron las horas y terminé mi ardua tarea, justo a tiempo para la certificación.
Después de una exhaustiva revisión por el departamento de justicia, Tesla pasó todas las pruebas y obtuvo la certificación que necesitaba. Gracias a mi trabajo, Tesla podía comenzar a vender autos sin volante ni pedales a nivel mundial. Fue un gran logro para la empresa, así que organizamos una fiesta.
Celebramos en una terraza iluminada con luces de neón y música de fondo. Llegué caminando y vi un sillón que parecía cómodo. Me quité la mochila y me senté. Al abrir mi mochila, encontré miles de regalos, era algo mágico. ¿Cómo cabían tantas cosas en una mochila tan pequeña? Decidí sacar los regalos uno por uno y entregarlos a las personas que estaban a mi alrededor.
A medida que sacaba más regalos, el interior de la mochila se hacía cada vez más grande. No podía creerlo. ¿Qué estaba pasando? Me di cuenta de que incluso tenía un piano en la mochila que parecía estar esperándome, así que decidí entrar en la mochila para verlo de cerca.
Al llegar al piano, acaricié sus teclas de marfil, eran tan frías pero hermosas. Sin pensarlo, me senté y comencé a tocar. Mis habilidades como pianista eran excepcionales. Cada vez que tocaba una melodía y las notas eran perfectas, se desprendían dulces que flotaban en el aire como un festín de colores y azúcar inimaginable. Empaques y envolturas de deliciosos caramelos caían como hojas en otoño, creando un momento suave y delicado mientras tocaba “Claro de Luna” de Beethoven. El ambiente era cálido, con una fogata a un lado, y la luz de la luna y las estrellas inundaban el lugar.
A lo lejos, se veían luces tenues de una serie de focos que parecían luciérnagas. Mis dedos se movían de forma majestuosa. No podía creer lo que veía, ni lo que sentía. Experimentaba una gran felicidad y tranquilidad al mismo tiempo, como si el universo hubiera preparado ese momento con anticipación. Cada detalle era perfecto, las teclas blancas y brillantes, el piano negro en todo su esplendor y unas letras imperceptibles en color dorado. Sentía que cada poro de mi cuerpo respiraba.
La gente corría a mi alrededor, todos atrapando dulces. El momento era tan épico que todo parecía estar en cámara lenta. Las sonrisas de adultos y niños, los ancianos arropados con sus chales y bufandas, tomando chocolate caliente mientras una lluvia de malvaviscos caía directamente en sus tazas. Era un sentimiento difícil de describir, pero lo más cercano que puedo pensar es un estado de éxtasis puro.
Terminé de tocar, extasiado pero al mismo tiempo muy confundido por lo que acaba de suceder. Me preguntaba a mí mismo: ¿Cuándo aprendí a tocar el piano? ¿Quiénes son todas estas personas? ¿Qué es este lugar?
En medio de mi confusión, me levanté y el piano se desintegró. En su lugar, aparecieron pasteles y postres para todos. Familias felices disfrutaban del festín. Al fondo, una luz blanca incandescente me llamaba. Caminé hacia ella, abriéndome paso entre un mar de chocorroles. Todo lo que quedaba atrás se desintegraba y se convertía en polvo que se perdía en el aire.
Llegué a la luz. Todo estaba en silencio. No sabía de dónde provenía ni qué había detrás de ella, así que me mantuve quieto mientras flotaba sin control, dirigiéndome hacia el centro de aquella tranquila y misteriosa luz.